La partidocracia argentina se empecina en demostrar que, en materia de diseños electorales, nada se puede hacer a prueba de roscas. Pasado mañana, las PASO exhibirán los magullones con los que llegan a (tan sólo) su quinta edición.

En el orden nacional, no servirán para definir ni un solo binomio presidencial: tan sólo para que las fórmulas que obtengan el 1,5% de los votos puedan presentarse en las generales de octubre. Es decir, las autoridades de los partidos políticos argentinos, en toda la amplitud del arco ideológico, han decidido renunciar a las votaciones primarias para resolver quiénes serán sus candidatos nada menos que a administrar el Estado y a representar a la Nación. Son fuerzas que, en ese aspecto, carecen de vida interna. ¿Qué otra cosa es, sino, una elección interna para una institución fundamental de la democracia?

En el orden provincial, como agravante, se advierte de manera palmaria la desnaturalización que ha sufrido este mecanismo destinado a que el pueblo, antes de elegir a sus gobernantes, también decida quiénes van a ser los candidatos a gobernar. En Tucumán, tanto el Frente de Todos como Juntos por el Cambio han incurrido en la perversión democrática de negarles a las listas que encabezan el peronista José Vitar y el radical Manuel Courel la posibilidad de que sus boletas contengan, respectivamente, la que postula a Alberto Fernández y Cristina Kirchner y a Mauricio Macri y Miguel Pichetto. ¿Vitar no es kirchnerista? La Municipalidad de Yerba Buena, de la que Courel es secretario de Gobierno, ¿no es de Cambiemos?

Que dentro de un mismo espacio político haya boletas “largas” y “cortas” es la prueba, evidente hasta la obviedad, de que se ha bastardeado el más básico principio de igualdad electoral. Los tecnócratas del kirchnerismo y del macrismo, egregios paradigmas de la militancia en las redes sociales, han defendido la rosca y el alineamiento arrodillado por sobre el test democrático. Para ello, necesariamente, no permiten que sean los ciudadanos los que elijan quién será quién en las listas de postulantes que se presentarán en octubre.

Esta ilegitimidad es legal en virtud de un decreto que cambió la reglamentación de las PASO. Y antepuso al sufragio el “entongue” de cúpula.

Entonces las PASO, que nacieron después de que Néstor Kirchner fuera derrotado por el empresario de los medios Francisco de Narváez en la elección de diputados en Buenos Aires de 2009, fueron alumbradas para controlar la publicidad audiovisual de las campañas. Y ahora, durante el macrismo, además de haber sido vituperadas como “inútiles” y “costosas”, han sido alteradas en su esencia. Por supuesto, esta circunstancia no consiste –ni remotamente- en que “macrismo” y “kirchnerismo” sean lo mismo (una falacia que ofende por igual a macristas y kirchneristas, por cierto). Pero sí se trata de que el déficit de institucionalidad es, en este punto, una similitud incontrastable entre unos y otros. Porque no hay, para la democracia, institución más importante que la electoral.

Las dudas sembradas durante esta semana por el Frente de Todos respecto de la transparencia en el procesamiento y difusión de los datos de los comicios (tan extemporáneos que la Justicia Nacional Electoral anunció ayer que no hay tiempo para resolverlo antes del domingo), alimentadas por el hecho de que el Gobierno sólo el miércoles pusiera el software de la empresa de tecnología electoral SmartMatic a disposición de las fuerzas políticas (debió hacerlo hace un mes), prueban que el interés por la institucionalidad es meramente declamativo en los sucesivos oficialismos, en especial cuando lo que está en juego es el poder.

Ahora bien, las PASO son elecciones que, en cuanto tales, resultan tan valiosas para la democracia que, aun a pesar de todas estas zancadillas por parte de la partidocracia, tiene una utilidad múltiple e inestimable.

Libertad o división

Desde el punto de vista de lo que pasa en la cultura política argentina, los resultados del domingo dimensionarán el tamaño de la “grieta”. En las PASO no se eligen representantes sino candidatos a serlo. Así que es una instancia para votar genuinamente y con tranquilidad por la propuesta política de izquierda, de centro o de derecha que se valora de manera convencida.

Si a pesar de esta coyuntura, los votos van a ir masivamente al macrismo o al kirchnerismo, la “grieta” se habrá tornado inconmensurable. Y si ello ocurre, el país estará ante un momento sin precedentes: los comicios por venir serán, acaso, los primeros en los que una cantidad cuasi unánime de ciudadanos irá a las urnas no para que triunfe el proyecto político que los representa, sino para evitar que gané el que se le opone. De ser así, no hay que esperar ningún escrutinio: el antagonismo habrá triunfado cabalmente. Y el sufragio, aunque haya sido emitido de manera válida y efectiva, será siempre un voto negativo.

Aquí o allá

En segundo lugar, las PASO serán útiles para comenzar a definir la suerte de los planes de los principales dirigentes tucumanos.

Como ha quedado expuesto por estas horas, la gran apuesta del gobernador Juan Manzur, conseguida su reelección por amplia comodidad, es que su imagen se fusione con el paisaje de la política nacional. La semana que termina ha sido explícita al respecto: los meandros del fluir político del mandatario pasan por estas horas por la cercanía con “Alberto”, a quien toma del hombro en Rosario en la “foto de familia” con los gobernadores peronistas; y por la lejanía con “Cristina” que en el escenario en frente al Monumento a la Bandera lo saludó fríamente y con la mano, casi con el gesto con el que se pone distancia a la hora de practicar los desfiles.

Durante la semana, el gobernador y el vicegobernador, Osvaldo Jaldo, se reunieron con los intendentes, los legisladores salientes y electos y los comisionados rurales para pedirles que pongan el hombro en una campaña en la que no abundaron los recursos. Manzur no sólo pretende reeditar un triunfo por la mitad más uno de los votos, como con la reelección, sino inclusive más abultado en el porcentaje. Eso jalonará su carrera hacia las postales federales.

Su antagonista de 2015, el diputado José Cano, se juega ahora el regreso al primer plano de la oposición en el macrismo. El radical es, en los hechos, el coordinador de la campaña electoral y el componedor de la lista “oficial”: la única adherida al binomio Macri-Pichetto. Por lo tanto, aunque no es candidato, es el garante solidario del éxito en las urnas… o del fracaso.

El camino hacia la casilla del medio de ese espacio, hasta el momento, viene siguiendo un itinerario signado por la pérdida de socios políticos. Y de peso. Al intendente de la Capital, Germán Alfaro (en ese distrito, en los comicios provinciales, Vamos Tucumán logró el 70% de los votos de toda la provincia), lo hicieron desistir de competir con sus candidatos en las PASO. Al intendente de Yerba Buena, Mariano Campero (en esa ciudad se registró el menor corte de boleta de la votación del 9 de junio), le negaron adherir el voto de su línea a la fórmula presidencial. A la senadora Silvia Elías de Pérez, la figura más instalada del macrismo tucumano en tanto candidata a gobernadora y segunda en la pasada elección, no se la explota como un activo de la campaña. Si hay planes en el “oficialismo” macrista tucumano para 2021, el pronóstico actual para ese programa es de una desolada soledad.

El “factor” Fuerza Republicana tampoco debe perderse de vista. Si se tiene en cuenta que en las encuestas sociales la inseguridad es, por lejos, la principal preocupación de los tucumanos, Ricardo Bussi puede volver a amasar una considerable cantidad de votos, como en la elección de hace apenas dos meses, cuando montó toda su campaña sobre ese eje. Aquella vez salió tercero en la categoría de gobernador, pero obtuvo la primera minoría parlamentaria. El condicionante, en su caso, consiste en que el binomio presidencial que respalda (Juan José Gómez Centurión y Cynthia Hotton) tiene un índice de conocimiento casi nulo aquí.

La viceversa de esta situación es Consenso Federal: Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey gozarían de más intención de voto que sus precandidatos a diputados, Ariel García y Silvio Bellomio, pero dependen enteramente de la estructura de estos legisladores. De las dimensiones de la “grieta” en Tucumán también dependen los guarismos de ese espacio.

Conciencia u olvido

En tercera instancia, las PASO sirven para no olvidar que el pueblo manda.

Las primarias abiertas no son una encuesta: en las urnas no hay opinión, sino hechos. Y esos hechos son la voluntad del pueblo. No hay una consultora haciendo preguntas: hay un sistema de Gobierno haciéndole una consulta al pueblo. Y la respuesta es que hay margen para la continuidad, para la alternancia entre las opciones conocidas o para el cambio completo. Aunque la palabra “democracia” es comúnmente traducida como “gobierno del pueblo”, en su etimología el término “cratos”, en griego, también significa “poder”. Y en toda elección, precisamente, vemos al pueblo ejerciendo su poder. Y haciéndolo sin violencia.

El proceso electoral, además, se demuestra competitivo. Y ello habla bien de la salud de la democracia argentina. Significa que en las manos de los ciudadanos se encuentra la efectiva soberanía para elegir el Gobierno. Aún hoy, inclusive en América, votar no siempre equivale a elegir. Aquí en cambio, el resultado está completamente abierto.

En esta misma línea, la incertidumbre, como se ha dicho, es otro signo del vigor de la democracia argentina. No hay resultado cantado. Ir a votar no es, aquí, una formalidad que se da en el marco de un escenario donde a pesar del multipartidismo ya se sabe que ganará tal agrupación o tal candidato. Si el final está por verse, es porque el pueblo escribe la trama.

E ir a votar es honrar la memoria de cuánto costó la participación política plena. En este país, el voto no fue secreto sino hasta 1912, cuando el abstencionismo de la joven UCR le arrancó al conservadurismo la Ley Sáenz Peña. Aun entonces, sólo fue masculino. El sufragio femenino se consiguió durante el primer gobierno del joven peronismo, hace sólo 70 años. A uno y otro movimiento le propinaron media decena de golpes de estado durante el siglo XX.

No hay, entonces, elecciones inútiles. Ni tampoco las hay costosas. Los costosos han sido, siempre, los regímenes surgidos a costa de que no haya elecciones.